Edmundo López Arze

edmundo.lopez@ucb.edu.bo

Nos encontramos en una época difícil para el arte nacional. Todos estamos bajo el slogan “consume lo nuestro” pero, ¿realmente consumimos lo nuestro? El ámbito artístico siempre ha tenido dificultades para abrirse paso en la sociedad boliviana y aún más en la cochabambina. A pesar de eso, Cochabamba se podía jactar de tener un alto nivel de consumo cultural. Ahora y desde hace un tiempo la situación es diferente. Los espacios culturales se empezaron a caracterizar por estar vacíos. Las esporádicas presentaciones de danza aún contaban con un grado de asistencia interesante, pero eran escasas, los conciertos de bandas nacionales cuentan con menos gente cada vez y ni hablar del teatro, el arte escénico más olvidado por el cochabambino, que debe suspender funciones y cancelar obras por inasistencia de público.

Hay algo cierto. la crisis de asistencia tenía mucho que ver con la gente que hace teatro. Acá el teatro se hace de manera anticuada, se reproduce lo mismo de hace 200 años y a la gente no le interesa ver eso. Es una pérdida de tiempo, y lo más importante ahora es precisamente el tiempo. Todo es rápido, instantáneo, ocurre como un flash y el teatro debe acomodarse a eso, es decir debe acomodarse a la época. Lastimosamente la gente que hace teatro no tiene esa lectura y vive en un anticuado romanticismo.

Más allá de eso, hay un problema que puede considerarse mayor: la gente que hace teatro no consume teatro, por ende, no se nutre y no conoce a la competencia. La gente que se dedica o estudia teatro, debería ser la primera en consumir arte, pero ahora a la gente no le interesa. El arte ha sido opacado por la tecnología. Y, por si fuera poco, llega la pandemia y azota terriblemente al arte, sobre todo al teatro boliviano. Y es así, es una realidad. El sector más golpeado por la pandemia ha sido el arte. Sin espectáculos, no hay gente (que ya era escasa). Sin gente no hay plata. Y, sin plata, cae el artista.

A pesar de todo, la historia nos dice que no todo está perdido. Durante toda la vida el teatro ha pasado por momentos oscuros donde se creyó que iba a desaparecer y sin embargo, en cada uno de esos momentos nefastos, se reinventó y logró un aporte cultural inimaginable, ejemplos hay varios: En el imperio romano, donde parecía que el teatro se extinguiría por una cultura muy simplista, guerrera e ignorante; término renaciendo y creando grandes ramas teatrales como la pantomima o personajes como el arlequín. Si nos acercamos un poco más en la línea del tiempo, en la edad media, cuando toda forma de conocimiento y por ende de arte estaba casi extinta, salen los juglares, las habilidades corporales. Por lo tanto, en esta época no tiene por qué ser diferente pero la supervivencia del teatro depende de empezar a darle oxígeno. Si nadie le da oxígeno (ideas, propuestas, trabajo) morirá.

Sin duda, con este panorama, es difícil encontrar motivación para seguir, pero no imposible. La motivación sale del tener algo que decir, es una forma de expresarse. La gente se expresa a través de las ciencias, del arte u otras actividades. Sin embargo, casi ninguna requiere del público para hacerlo, el teatro sí. Por ende, es deber del que hace teatro, encontrar, moldear y crear al público que vea esa forma de expresión. Y el desafío extra, es amoldarse a un público virtual, necesitado de nuevas experiencias.

La clave para poder afrontar todo esto y poder sacar al teatro de la crisis está en sorprender. En la medida que el ser humano se sorprenda, habrá más gente que se deje sorprender. En la actualidad, las cosas hechas a mano son las que más fuerza están teniendo, incluso atrae mucho la posibilidad de que sean hechas solo para uno, como a uno le gusta y quiere. Hay que hacer que el teatro se considere hecho a mano y, en la medida que haya goce, la gente empezará a demandar esta actividad.

Sin goce no hay demanda, si todo lo que se hace es reproducir, a la gente no le atrae. El teatro boliviano no tiene una evolución propia. En Bolivia se hace teatro porque así se hace en Buenos Aires, porque así se hace en Italia, porque así se hace en Santiago, porque así se hace. El teatro debe ser hecho de acuerdo con el lugar donde se vive, de acuerdo con los problemas sociales propios, a la realidad propia, no a la ajena. Y, lastimosamente, en Bolivia, pero sobre todo en Cochabamba, se ha perdido esa lectura. Es ese el mayor generador de la crisis que vive el teatro ahora. Así es, incluso mayor que una pandemia que lleva más de un año sin dar tregua.

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